Crimen voltea su mirada hacia jóvenes ingenieros

Es el caso de un pasante del IPN a quien conectaron en su escuela para trabajar en una empresa, cuyo jefe lo llevó a una casa de La Barbie.

CIUDAD DE MÉXICO.- El crimen organizado comienza a poner sus ojos en jóvenes preparados, de clase media, sobre todo si son ingenieros, como es el caso de Fernando Ernesto Villegas Álvarez, de 25 años.

Su reclutamiento, por medio de engaños, no se dio como suele ocurrir con los jóvenes que engancha el narcotráfico en las zonas marginadas. Sus “jefes” lo descubrieron en un proyecto de robótica en un centro de investigación. No tuvo que ensuciarse con trabajos ideados para atraer adolescentes: ser halcón, informante, reclutador, distribuidor de drogas o participar en levantones, según lo ha explicado Pedro José Peñaloza, doctor en ciencias penales y política criminal de la UNAM.

Estudiantes de la Escuela Superior de Cómputo (Escom) del IPN, de donde egresó Villegas Álvarez con honores, advirtieron que tal vez el caso de su compañero no sea único; han escuchado de otros ingenieros que han sido secuestrados en el norte del país, a quienes obligan a trabajar para el narcotráfico.

También desarrolladores de videojuegos y de software alertaron a Excélsior que el mercado negro cada vez busca a más estudiantes de ingenierías para el negocio de la piratería.

Hasta hace un año, Fernando Ernesto Villegas visualizaba un futuro prometedor. Su título de ingeniero de la Escom estaba en trámite; había aprobado su examen profesional, al cual asistió hasta el mismo director del plantel, y el siguiente paso era tomar protesta.

El próximo semestre estudiaría Ingeniería en Tecnología Interactiva en Animación Digital en la Universidad del Valle de México y su mayor sueño era viajar a Japón, cuna de la tecnología, a hacer la maestría.

Su currículum es brillante. Fue coautor de algunos proyectos en el Centro de Investigación en Cómputo (CIC) del IPN y había diseñado un apartado del sitio oficial de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales; además domina 80% el inglés y 70% el japonés.

Muchos en el Politécnico habían oído de la genialidad de Fernando. A los 23 años este joven creó un sistema único en el mundo capaz de intercambiar archivos entre dos memorias USB, sin necesidad de una computadora para realizar la transferencia.

Contacto en su escuela

“El encargado de embaucarlo fue Moisés Arturo Zárate Segura”, afirmó la madre de Fernando, María de los Ángeles Álvarez.

Moisés se convirtió en el primer eslabón que, cinco meses después, lo conduciría hasta la casa de La Barbie, ex jefe de sicarios de los Beltrán Leyva, a donde fue a dar soporte técnico a la laptop Sony Vaio del narcotraficante.

Fernando colaboraba en el CIC, donde conoció a Moisés Zárate, quien ahí hacía la maestría; además, ante el estudiante tenía credibilidad absoluta por ser un profesor de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica de Azcapotzalco del IPN.

En febrero de 2010, Zárate le propuso a Fernando renunciar a los proyectos del CIC para irse a otra empresa. Tendría salario fijo y sería cofundador del área de investigación de la empresa Productos Foca Ice, competencia directa de las congeladas Bon Ice.

Era muy buena oportunidad para desafiar su inteligencia y nada parecía sospechoso o ligado al crimen organizado.

Es más, a pesar de no tener por el momento vacantes, es una de las 174 mil 567 empresas registradas en Compu Trabajo, un sitio popular de internet para buscar empleo.

En el ingreso mensual tampoco existía algo turbio. Zárate le ofreció diez mil pesos mensuales a Fernando, cuando en promedio un pasante de ingeniería en sistemas computacionales gana entre ocho y 12 mil pesos al mes, aseguraron Pamela Mena, Tania Bermúdez y Ana Álvarez, ex alumnas de la Escom y compañeras de Fernando.

La única irregularidad evidente era que Fernando no tendría contrato ni recibos, pero si se toma en cuenta que más de la mitad de los jóvenes trabajan en la informalidad, según el investigador de la UNAM José Antonio Pérez Islas, tampoco representaba alerta alguna, así que de inmediato aceptó.

Como la oficina quedaba hasta Huixquilucan, Estado de México, sobre avenida Jesús del Monte número 39, Moisés acordó con Fernando verse en la Escuela para que él lo llevara personalmente a su nuevo trabajo y de una vez introducirlo con sus otros jefes: Luis Barrios Urbina y Luis Landgrave.

Al llegar, Fernando vio que el área de investigación aún estaba en obra negra. Había cajas de cartón por todas las instalaciones y las computadoras todavía venían envueltas. En una breve junta, Barrios, Landgrave y Moisés le explicaron qué haría.

Al principio le asignaron dos investigaciones aparte de las congeladas, que supuestamente luego comercializarían: una para medir el rating. Conectaría una antena a un radio para saber, a través de una red virtual, la estación sintonizada por la audiencia.

También le pidieron desarrollar unas tarjetas inteligentes con identificador para agilizar la entrega segura en una guardería.

El estudiante se acopló de inmediato. Trabajaba de diez de la mañana a seis de la tarde de lunes a viernes; muchas veces, si él lo prefería, podía hacer sus tareas desde su casa y, al final de la semana, en la oficina recibía dos mil 500 pesos en efectivo.

Esta rutina duró unos meses, de febrero a finales de julio de 2010, cuando Luis Barrios le ofreció, por diez mil pesos extra, dar un soporte técnico en Acapulco por tres días.

“Fernando pecó de inocente. Le bajaron el cielo, las nubes y las estrellas, y cayó”, dijo su amiga y colega Pamela Mena.

Fue hasta el puerto guerrerense cuando Fernando se enteró que ese soporte técnico “extra” —que consistió en examinar una laptop, redes inalámbricas, dar de alta una cuenta en Skype y crear cuatro cuentas de correo electrónico— era para La Barbie.

Aquel camino iniciado el 21 de julio de 2010 en Huixquilucan rumbo a Acapulco a bordo de un Audi TT color gris, conducido por Luis Barrios, terminaría en el Centro Federal de Readaptación Social de Perote, Veracruz.

Hoy, Fernando Ernesto Villegas Álvarez está acusado de delincuencia organizada, portación de armas de uso exclusivo del Ejército, delitos contra la salud y lo que resulte, especificó en un comunicado la PGR el pasado 2 de agosto.

De casa de La Barbie salieron al reclusorio

En la cocina de una de las casas de La Barbie en Acapulco se conocieron el pasante de ingeniería Fernando Ernesto Villegas Álvarez y el taxista José Alberto Álvarez Parra, cuando conversaron brevemente sobre películas mexicanas.

Fernando había llegado hasta el exclusivo fraccionamiento de Acapulco, Brisas Marqués número 47, porque su jefe, Luis Barrios, le ordenó acompañarlo hasta ahí; luego de hacer el check out en el Fiesta Inn de la Costera, donde se hospedaron del miércoles 21 al viernes 23 de julio, su jefe  le advirtió que se quedaría en el puerto, porque él ya tenía que regresarse a la Ciudad de México, de donde es el joven ingeniero.

Cuando Fernando insistió en que quería volver con él, porque el trato había sido dar un soporte técnico un fin de semana, de inmediato Barrios lo amenazó: “No, no te puedes regresar. Ya te comprometiste a trabajar con el señor (La Barbie) y te tienes que quedar hasta terminar el trabajo”, narró el joven en la declaración ministerial que dio a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada de la PGR, un día después de ser detenido.

El miércoles 28 de julio de 2010, José Alberto entró a la cocina por un vaso de agua y ahí vio al muchacho. Le preguntó que qué hacía en esa casa, pues era raro, porque ahí había puras mujeres, nanas y niños.

Fernando le dijo que era ingeniero en sistemas y estaba dando mantenimiento a unas computadoras. El taxista le pidió que después le enseñara a bajar de internet “películas mexicanas viejitas”, porque le gustaban mucho. No volvieron a verse hasta cuando la policía federal irrumpió en el fraccionamiento un día después, pasada la medianoche.

Los agentes se abalanzaron primero sobre Fernando, porque es un joven alto, de piel blanca y ojos azules, y le gritaron: “Venimos por tu papá, ¿dónde está, güero?”, en referencia a La Barbie.

Después de saber por quién venían los federales, Fernando les explicó que estaban confundidos, que él no era hijo de Édgar Valdez. También les aclaró que en esa casa sólo había mujeres y niños, entre ellas Priscila, esposa del narcotraficante e hija de Carlos Montemayor, El Charro.

Al no encontrar a Édgar Valdez, se llevaron a Fernando y al taxista, junto con otros dos hombres, a un cuartel de la Policía Federal. A las mujeres las soltaron esa misma noche.

Mientras a Fernando lo mantuvieron hincado por horas, semidesnudo, “a José Alberto, los agentes federales lo ahogaban y lo resucitaban, diciéndole que ellos eran Dios, que dónde estaba La Barbie”, aseguró Laura Álvarez.

Después de varias horas y luego de que con esa tortura no consiguieron escuchar lo que deseaban, vinieron los toques en los testículos hasta que el taxista aceptó decir lo que le obligaban.

A Fernando le hicieron palpar con los ojos vendados un pequeño objeto, que instantes después supo era una granada.

Los federales declararon ante el Ministerio Público que habían detenido a Fernando con una granada en la mano derecha, junto con otros tres sujetos en una avenida principal de Acapulco, en una camioneta BMW blindada, con placas de circulación del Estado de México.

Desde el penal federal de Perote, Veracruz, Fernando pidió un careo con los federales que participaron en su detención con el apoyo del polígrafo para demostrar su inocencia.

Citaron en octubre a los agentes comisionados en Acapulco y no asistieron, argumentando la falta de viáticos para transportarse a Veracruz.

Los volvieron a citar en marzo y tampoco llegaron, esta vez sin dar explicaciones. Los volvieron a citar el próximo mes y su familia tiene la esperanza de que esta vez sí den la cara.

Exactamente un mes después de la detención de Fernando y de José Alberto, cayó La Barbie; pasaron cuatro meses y capturaron a El Charro, suegro y sucesor del narcotraficante.

De los jefes de Fernando, Luis Barrios y Luis Landgrave nada se sabe y Moisés Zárate continúa dando clases en el IPN, quien negó a Excélsior conocer a Barrios y Landgrave o haber trabajado para Productos Foca Ice.

En tanto, el pasante de ingeniería y el taxista llevan 219 días en un penal federal y son defendidos por abogados de oficio que intentan demostrar su inocencia desde un juzgado de Acapulco.

fuente: vanguardia

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: